Homo Faber

Soy Óscar Gómez, y en este pódcast te cuento las historias de objetos industriales cotidianos que han hecho historia.

Puedes suscribirte, y también sugerirme algunas de esas historias en los comentarios.

En la primera temporada hablaremos por ejemplo del reloj Omega Speedmaster, del fusil de asalto AK47, de las zapatillas Converse All Star, del Sony Walkman, del sombrero Panamá o de la navaja Victorinox Spartan, de la libreta Moleskine y de otros muchos iconos fabricados por la humanidad.

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Jun 30, 2026

11 min

 
 
E03_RAYBAN WAYFARER
 
5 de agosto de 1983.
Una pareja de adolescentes entra de la mano en la óptica Pearle Vision del centro comercial Water Tower Place, en el centro de Chicago.
Él pregunta por unas gafas de sol. No conoce la marca ni el modelo, y no las encuentra en ningún expositor, pero ella es capaz de describirlas: no son de metal, sino de pasta, negras, y con un aire futurista.
El dependiente reconoce la descripción y va al almacén. No se venden mucho, y su lugar en los escaparates de la óptica ha sido ocupado por otros diseños de moda.
Las encuentra, el muchacho se las prueba, mira a su chica y se levanta el cuello de la camisa, imitando al protagonista de la película que acaban de ver.
Las gafas son unas RayBan WayFarer, la película, Risky Business, estrenada ese mismo día de agosto de 1983. El protagonista, un actor de 21 años que comienza a ser conocido en Hollywood después de participar en tres o cuatro producciones de moderado éxito.
Así tararea Joel, el personaje principal de Risky Business, las ocho notas de piano de Randy McCormick con las que arranca la versión de Old Time Rock And Roll de Bob Seger mientras conecta su equipo de alta fidelidad antes de bailar en camisa, calzoncillos y calcetines en la escena más icónica de la película.
Porque no… aunque todos lo recordemos con las gafas de sol en esa escena, no las lleva puestas. Es lo que conocemos como un Efecto Mandela, un falso recuerdo compartido que coloca ahí nuestra imaginación. Como el monóculo de Míster Monopoly, que no lo lleva realmente; como la raya negra en la cola de Pikachu, que no tiene; o como el emoji del ladrón en WhatsApp, que no existe de momento.
Pero deja el móvil… no vayas a comprobar ninguna de estas cosas, que es cierto que no hay un ladrón en los emojis. Luego lo haces.
Dame diez minutos para que te cuente, en esta entrega de Homo Faber, algunas curiosidades sobre las RayBan Wayfarer.
Soy Óscar Gómez, y en este pódcast te cuento las historias de objetos industriales cotidianos que han hecho historia.
 
// HOMO FABER.
Una producción de Qwerty Podcast.
Edición 3 / RayBan Wayfarer. Las gafas que nunca pasaron de moda.
 
Donde sí aparecen las WayFarer en Risky Business es cuando Joel conduce el Porsche 928 de su padre, por ejemplo. Y en el cartel de la película.
Esta acción se estudia en las escuelas de negocios como uno de los casos de estudio de product placement en el cine, aunque fue una elección directa de los diseñadores de vestuario de la productora. RayBan pasó de vender unas 20.000 unidades al año de sus WayFarer a casi 400.000 el año posterior al estreno de la película.
Tan bien le fue a la compañía con Tom Cruise, que el actor lleva otros dos modelos icónicos de gafas de sol de la marca en Rain Man, en las que usa unas Clubmaster, y en Top Gun, en las que luce unas Aviator. Siempre Ray Ban.
Pero nos centramos en las Wayfarer, que antes que Cruise lucieron por ejemplo Roy Orbison, James Dean, Audrey Hepburn o Andy Warhol.
 La traducción del modelo sería la de ‘caminante’ o ‘explorador’ utilizando una forma arcaica del inglés, y fueron diseñadas por Raymond Stegeman en 1952 como un reto estético e industrial. Hasta entonces, las gafas de sol eran principalmente con monturas metálicas y de formas redondeadas, pero Stegeman decidió inspirarse en las líneas futuristas de los Cadillacs de la época, incorporando ángulos al diseño. Entre ellos, su característico ‘pantoscopic tilt’, la inclinación que hace que la base de la montura se apoye sobre los pómulos.
 
Eso les daba una apariencia muy característica, pero tenía una consecuencia divertida: era difícil colocárselas encima de la cabeza. Años después se lanzaría un diseño que corregía esa inclinación y reducía el tamaño de la lente, las New Wayfarer, pero los compradores seguían prefiriendo las originales, como demostraba la demanda en el mercado de segunda mano, lo que hizo a la compañía dar marcha atrás y volver al diseño de 1952. Hoy en día coexisten los dos: las original, que favorecen más a rostros ovalados, y las new, que sientan mejor a caras redondas o pequeñas.
 
 
Un crítico de diseño llegó a decir que la forma trapezoidal de las Wayfarer transmitía una sensación de "peligro contenido". Frente a las monturas redondas y elegantes de la época, parecían agresivas, casi rebeldes. Y esa percepción fue precisamente una de las claves de su éxito.
 
El otro reto, el industrial consistía en crear un diseño que fuera prácticamente imposible de fabricar en metal, aprovechando las nuevas técnicas de modelado.
 
Las WayFarer están fabricadas en acetato grueso moldeado, no en plástico inyectado fino, lo que permitía una mayor resistencia a la torsión, un mejor envejecimiento del color y la posibilidad de ser pulidas o reparadas.  Los  coleccionistas pagan auténticas fortunas precisamente por las primeras unidades fabricadas con aquel plástico experimental.
 
Aunque ahora parezcan un objeto clásico, vintage, cuando aparecieron parecían llegar del futuro,
 
Pero para que existieran las Wayfarer, tenía que existir Ray-Ban, que significa literalmente “bloqueo de rayos”, y el nacimiento de la compañía también tiene una curiosa historia.
 
En 1929, el Coronel de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas John MacReady, que entre otros hitos de la aviación, unos años antes había participado en el desarrollo de los primeros sistemas de fumigación aérea, pidió a la compañía de equipos médicos Bausch & Lomb que desarrollara unas gafas que protegieran a los pilotos de los deslumbramientos a gran altitud. De ahí nacieron las Aviator y sus lentes verdes ‘antiglare’, que comenzaron a popularizarse, y no solo entre pilotos.
 
De pronto, una empresa en la que la mayor parte de la plantilla estaba integrada por ingenieros y ópticos, comenzaba a fabricar productos de consumo… y por tanto necesitaba integrar a diseñadores.
 
Stegeman fue uno de ellos, y registró más de 70 patentes para la Bausch & Lomb. El más importante, las WayFarer, que enseguida se convirtieron en un complemento que todo el mundo quería tener.
 
Pero el impacto inicial del modelo terminó por agotarse. A comienzos de los años 80 las ventas eran tan malas que Ray-Ban consideró abandonar el modelo. La salvación llegó cuando una agencia especializada en colocar productos en películas firmó un acuerdo para introducir Wayfarer en cine y televisión. El contrato costaba apenas unos 50.000 dólares al año.
 
Una forma de mirar… y una forma de ser mirado… con este contundente argumento resumía un spot de RayBan de 1993 en qué se convirtieron las Wayfarer.
 
Se calcula que se han vendido unos treinta millones de WayFarer originales… que por cierto son las gafas de sol más imitadas.
 
Para distinguir las falsificaciones, los expertos se fijan en cinco detalles:  el código impreso en el interior de la patilla, el peso porque no son unas gafas ligeras, las bisagras robustas, una forma trapezoidal angulosa bien definida y el grabado láser en la lente, Ray-Ban en la derecha y RB (aunque no siempre) en la izquierda.
 
Por cierto que el grabado no siempre existió. Comenzó a integrarse a partir de los años 90, y antes que la marca Ray-Ban, los cristales llevaron la inscripción BL, de Bausch & Lomb.
 
Al margen de las clásicas, montura negra brillante y lentes verdes G-15, que transmiten un 15% de la luz visible, existen otras muchas combinaciones de colores, y entre ellas los distintos tipos de monturas que imitan el carey, que la marca distingue como Havana.
 
El modelo RB2140 comenzó a venderse en 1952 a un precio de nueve dólares con 95 centavos, el equivalente a unos 120 euros de 2026.
 
Estaban fabricadas con un acetato derivado del algodón, con una lente de 50 milímetros y unas patillas de 150. Los cristales eran de origen mineral a base de sílice con protección utravioleta del cien por cien, que reduce fatiga ocular,   mantiene la  percepción natural de colores y filtra luz azul y verde excesiva.
 
Actualmente existe un modelo Bio Based, con un contenido renovable del 67%, fabricado a partir de pulpa de madera y otros productos plastificantes como remolacha, cereales o caña de azúcar y con lentes de policarbonato, con un precio de en torno a 180 €, frente a los 160 del modelo convencional.
 
Y luego, claro, llegaron las Meta, desarrolladas en alianza con la matriz de Facebook, Instagram y Whatsapp. Unas gafas inteligentes que integran cámaras, micrófonos, altavoces e inteligencia artificial, y que ya son capaces de visualmente proyectando imágenes en las lentes, convirtiéndolas en un HUD, como el de los cazas de combate. Y todo ello en una montura que, a simple vista, parece la de unas Wayfarer convencionales.
 
Para promocionar este modelo, Rayban no escogió a Tom Cruise, sino a Chris Pratt y Chris Hemsworth, que protagonizan un divertido spot en el que uno de ellos se come un plátano de seis millones de dólares, expuesto en una galería de arte contemporáneo.
 
Durante siglos, las gafas sirvieron para corregir nuestra visión. Después aprendieron a protegernos del sol. Más tarde se convirtieron en un símbolo de estilo. Hoy empiezan a grabar lo que vemos... y, por primera vez en la historia, también intentan comprenderlo, interpretarlo
 
Y ahora, después de comprobar que Mr. Monopoly no lleva monóculo y que no tienes un emoji de un ladrón en WhatsApp, ya puedes ir a comprarte unas Wayfarer.
 
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En próximas ediciones hablaremos por ejemplo de la cámara Leica M3, de las zapatillas Converse All Star, del Sony Walkman, del sombrero Panamá o de la navaja Victorinox Spartan, de la libreta Moleskine y de otros muchos iconos fabricados por la humanidad.
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Jun 30, 2026

11 min

Jun 23, 2026

11 min

Este sonido que escuchas, esta sucesión de crujidos secos en la distancia, replicado por el eco de un valle en Kandahar, es el de las ráfagas de los Kalashnikovs de los insurgentes talibanes que asediaban la ciudad en 2021.
Si construyéramos la banda sonora de la historia del siglo XX, el sonido de las ráfagas de esta icónica arma sería uno de los imprescindibles. Se pudo escuchar en las guerras de Vietnam, de Laos, del Congo, Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Rodesia, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Panamá Irán, Somalia, Yugoslavia, Afganistán, Siria, Ucrania…
Los distintos modelos del fusil automático Kalashnikov han sido algo parecido a un tiralíneas que ha ido marcando y borrando las fronteras de distintos países o la pluma con la que han firmado su independencia… con sangre.
La inconfundible silueta del arma con su cargador de balas curvo aparece en la bandera de Mozambique y también en su constitución, como uno de los símbolos del estado. Y en escudos como el de Burkina Faso o de Zimbabue.
De la misma forma en la que países que ganaron su libertad o su independencia incluyen en sus enseñas espadas, cañones, torres defensivas o barcos de guerra, el Kalashnikov es un símbolo moderno para la identidad de esas naciones.
Y también lo tenemos asociado a mafiosos, sicarios, cárteles y grupos paramilitares y organizaciones terroristas en Colombia, en México, en el este de Europa, en Oriente Medio…
Y también lo hemos visto en camisetas, tatuajes, y hasta en miniaturas de oro en anillos o colgando de cadenas.
Del AK47, el primer modelo de Kalashnikov y de su llamativo origen de lo que quiero hablarte en esta  entrega de Homo Faber.
Soy Óscar Gómez, y en este pódcast te cuento las historias de objetos industriales cotidianos que han hecho historia.
 
// HOMO FABER.
Una producción de Qwerty Podcast.
Edición 2 / Kalashnikov AK47. El crujido de la guerra.
 
Octubre de 1941. El sargento del ejército rojo Mijail Kalashnikov dirige un carro de combate T34 cuando es herido de metralla en el brazo en la batalla de Briansk. Durante su convalecencia de varias semanas en el hospital, escucha recurrentemente a los soldados soviéticos quejarse de los problemas que tenían con sus fusiles de asalto.
Decidió entonces aprovechar los conocimientos que había adquirido como mecánico de tanques y su ingenio, que le había llevado a concebir mejoras como un sistema para medir distancias, para empezar a diseñar un arma fiable, que ayudara a sus compañeros en el combate y que terminara por sustituir a las antiguas carabinas.
 
La película "Kaláshnikov" (también conocida como AK-47, estrenada en 2020) es una producción rusa dirigida por Konstantin Buslov. La propia hija del inventor, Elena Kalashnikova, participó activamente en la producción del filme para asegurar la fidelidad histórica de los hechos que narran la creación del arma.
 
Kalashnikov creo su fusil semiautomático con una premisa. No quería un arma ni más precisa ni más potente, sino un arma más fiable. Todavía hoy, el Avtomat Kalashnikov 47 es conocido por funcionar a la perfección en condiciones extremas: lleno de barro, con frío, con calor, con polvo, con humedad… y por no encasquillarse prácticamente nunca.
Un rifle de asalto simple, fiable, duradero, fácil de fabricar y fácil de mantener, que puede ser montado por un soldado en menos de un minuto. Pero, ¿a qué se debían todas estas características que lo han convertido en el arma más popular del siglo XX? Su creador consiguió crear un fusil con pocas piezas, robustas y que no dependían de ajustes muy precisos, sino que tienen cierta holgura. De ahí que al manipular una de estas armas suene un ligero sonido de desajuste metálico, seco entre sus elementos.
En total, un AK47 tiene unas 110 piezas, dependiendo del modelo. Y entre ellas, dos muy reconocibles en la silueta del fusil. En primer lugar el cargador curvo, que obedece a una cuestión geométrica. Al utilizar el cartucho de calibre 7,62 de 39 milímetros, que se estrecha en su vaina desde la base hasta la punta, al apilar las 30 balas de un modelo convencional se produce un arco natural. Por tanto, el cargador se diseñó para adaptarse a la forma de la munición.
El otro elemento icónico es el tubo que tiene por encima del cañón, y que toma los gases producidos por la detonación para incorporarlos al mecanismo.
Es decir, cuando un AK dispara, una pequeña parte de los gases no sale por la boca del cañón. Se desvía hacia ese tubo, y en su interior empuja un pistón metálico que pone en movimiento todo el mecanismo: expulsa la vaina vacía, monta el siguiente cartucho y deja el arma lista para volver a disparar.
Así suena en modo disparo a disparo… escuchamos cómo se monta el cargador, se desactiva el seguro, se monta el arma con el cerrojo, y comienza a disparar.
Y ahora, en modo ráfaga.
 
No todos los Kalashnikov que vemos en el cine o en los medios de comunicación son AK47. El fusil tuvo muchos modelos como el AK74, modernizado y con un calibre más pequeño o el AKM, creado en 1959 y que estaba concebido para ser más ligero, un kilo menos, que el original. O el Type 56, que es la versión fabricada en China con licencia soviética y que calaba una bayoneta.
 
A este fusil de asalto le surgió pronto un competidor directo: el Colt AR15 diseñado por el ingeniero norteamericano Eugene Stoner como respuesta al AK47, y que fue muy conocido por su designación militar: el M16. Ambas armas se enfrentaron por primera vez en Vietnam.
En 1990, Stoner y Kalashnikov se reunieron en Estados Unidos  para conversar sobre sus creaciones, y las probaron. Stoner el AK, Kalashnikov el M16… conversaron sobre ellas, como recogen estos testimonios, y destacaron las principales ventajas de cada una de ellas.
 
En total, se estima que se han producido más de 120 millones de Kalashnikovs, lo que llegó a suponer la quinta parte de las armas de fuego operativas en todo el mundo.
Su creador llegó a ser General del Ejército Soviético y diputado del Soviet Supremo, además de recibir distinciones como la Estrella Roja o el Premio Lenin o ser nombrado Héroe de la Federación Rusa y del Trabajo Socialista.
Actualmente, la empresa fabricante de armas Izhmash, fundada en 1807 por el decreto del zar Alejandro I , lleva el nombre de Corporación Kalashnikov. Tiene 6.000 empleados y factura más de 20.000 millones de rublos.
El padre del AK47 también tiene una estatua de cinco metros en la calle Dolgorúkovskaya, en pleno centro de Moscú, en la que por supuesto porta su invención… aunque con una curiosa polémica: el diseñador del monumento se equivocó y representó no un AK47, sino un STG de fabricación alemana y con una silueta muy parecida, que tuvo que ser sustituido.
Pero al final de sus días, llegó a mostrar cierto arrepentimiento por su invención. En una carta enviada al patriarca Cirilo de Moscú decía:  Mi dolor espiritual es insoportable. Sigo haciéndome la misma pregunta sin resolución: si mi rifle le quitó la vida a personas, ¿podría ser que yo, un creyente cristiano y ortodoxo, sea culpable de esas muertes, aun cuando fueran enemigos?
 
El Avtomat Kalashnikova modelo 47 tiene una longitud de 870 milímetros y un peso de 4,3 kilogramos cargado de munición de calibre 7,62, que sale disparada a una velocidad de 715 metros por segundo.  Se considera un rifle de asalto de retroceso medio con una de hasta 600 disparos por minuto, y con un alcance de 443 metros en modo semiautomático y de 302 en modo automático, aunque en pruebas con condiciones controladas ha llegado a 650 metros.
Y así suena disparado por su propio creador, en 1990.
 
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Jun 23, 2026

11 min

Jun 16, 2026

10 min

Esta comunicación de radio que escuchas pertenece a la misión Apollo 11, la primera que llevo a dos hombres a pisar la superficie de la luna en julio de 1969.
Las voces son las de Armstrong y Aldrin desde el módulo lunar, ya posado sobre el satélite, y la del ingeniero Bruce McCandless desde el control de la misión en Houston. Por cierto, que 15 años más tarde, McCandless sería el protagonista de una icónica foto, cuando dio el primer paseo espacial sin estar anclado al transbordador Challenger, flotando solo en el espacio gracias a una mochila propulsora que había diseñado él mismo… pero esa es otra historia.
Volvamos a la conversación.
Desde la Luna, los astronautas buscan una solución a un problema concreto: el temporizador de la misión ha dejado de funcionar.
Desde la Tierra, informan del tiempo que ha transcurrido desde el despegue, para que vuelvan a sincronizarlo: 114 horas, 31 minutos, 0 segundos…
El temporizador volvió a funcionar… pero siguió dando problemas. Armstrong decidió entonces dejar su reloj de pulsera a bordo del módulo lunar, antes de bajar a dar su célebre salto para la humanidad. Y es de ese reloj, del Omega Speedmaster que estaba llamado a ser el primero sobre la superficie de la luna, de lo que quiero hablarte en esta primera entrega de Homo Faber.
Soy Óscar Gómez, y en este pódcast te cuento las historias de objetos industriales cotidianos que han hecho historia.
 
// HOMO FABER.
Una producción de Qwerty Podcast.
Edición 1 / Omega Speedmaster. El reloj de la luna.
 
Al comienzo del programa Apollo, la NASA buscaba un cronógrafo de pulsera de alta precisión para los astronautas, y decidió enviar a los fabricantes una relación de las pruebas a las que sometería a los relojes.
Entre ellas estaban la exposición continuada a altas y bajas temperaturas: entre 20 grados bajo cero y 70 sobre cero.
También la exposición a atmósferas de oxígeno puro o del 95 por ciento de humedad para probar su resistencia a la corrosión.
Serían  sometidos a golpes en distintas direcciones de más de 40 veces la fuerza de la gravedad, y a aceleraciones de más de 16 G, y a condiciones de altas y bajas presiones.
A vibraciones aleatorias que simulaban el despegue de un cohete, y a ruidos violentos sostenidos durante minutos, de más de 130 decibelios.
Tras leer las especificaciones, los responsables de la marca suiza Omega decidieron enviar varias unidades de su Speedmaster sin hacer ninguna modificación, tal y como salieron de sus talleres. Así de convencidos estaban de que sus máquinas soportarían las duras pruebas planteadas por la NASA. Y así fue.
El Speedmaster las superó todas, mientras que sus principales competidores, el Rolex Cosmograph y el Longines Wittnauer fracasaron en algunas de ellas.
Además, la NASA valoró la legibilidad del Omega en condiciones extremas, por su esfera negra mate (antirreflejo) y sus índices blancos de alto contraste.
Una vez certificado como el reloj de los vuelos tripulados en 1965, solo se pidió una modificación ala relojera suiza: que en lugar de la pulsera de eslabones de acero inoxidable, el cronógrafo que llevarían los astronautas incorporase una correa de velcro para poder ser manipulada con los guantes y ceñida por encima del voluminoso traje lunar.
 
No se trataba de un reloj de lujo, sino de un instrumento profesional, creado en 1957 como cronógrafo para carreras de coches, y que estaba disponible para el público a un precio de en torno a 200 dólares de la época. Desde entonces no se ha dejado de producir, aunque estuvo a punto de hacerlo veinte años después del Apollo 11, y en 2026 tiene un coste de unos 9.000 dólares recién salido de los talleres de Suiza.
Se calcula que se ha fabricado un millón y medio de Omega Speedmaster, al que desde hace tiempo se conoce con el sobrenombre de MoonWatch, pero solo 9  han estado sobre la superficie de la Luna en las distintas misiones Apollo.
El primero de ellos fue el de Buzz Aldrin, que lo llevaba puesto cuando paseo por la superficie de polvo y rocas, mientras que el de Neil Armstrong, el que estaba llamado a ser el primer reloj sobre el mar de la Tranquilidad, se quedó en el módulo lunar sustituyendo al temporizador de la misión.
Por cierto, que a pesar de haber superado todas las pruebas, hubo dos Moonwatch en las misiones Apollo 15 y 16 que fallaron al desprendérseles el cristal, probablemente como consecuencia del polvo abrasivo. El comandante David Scott decidió utilizar en su tercer paseo por la luna su Bulova Chronograph, que llevaba como objeto personal, y llevó a este modelo a la fama espacial junto con el Speedmaster, el único reloj mecánico que a día de hoy sigue certificado para salidas extravehiculares.
Algunas de esas piezas históricas se custodian en museos como el Smithsonian, que era el destino que tenía el de Aldrin, precisamente. Durante un tiempo, el astronauta lo utilizó como reloj personal, pero unos años después lo donó al museo del aire y del espacio… y desapareció en el trayecto. Nunca se ha vuelto a conocer su paradero.
Los coleccionistas estiman que, si apareciera y se subastara, el que fue por una casualidad el primer reloj sobre la superficie de la Luna, tendría hoy precio de salida en subasta por encima de los diez millones de dólares.
Pero el Omega Speedmaster también es el protagonista de otro hito relacionado con el espacio, y por el que la NASA concedió a la marca Omega un Silver Snoopy, el premio con el que reconoce a sus contratistas, empleados y proveedores. Y la firma suiza lo obtuvo por el papel de su reloj más famoso cuando se pronunció una de las frases más célebres frases de la carrera espacial.
///
El famoso problema que Jack Swigert notificaba a Houston era un fallo de energía que puso en peligro a los astronautas de la misión Apollo 13. Para corregir la trayectoria de regreso a la Tierra, el control de la misión calculó una maniobra crítica: encender el motor del módulo lunar durante un tiempo muy preciso: 14 segundos exactos, pero el fallo de suministro eléctrico había hecho que el sistema automático dejara de ser fiable, por lo que se usó el Speedmaster como “cronómetro de encendido del motor”, lo que fue determinante para el éxito de la operación.
Así quedaron registrados en las grabaciones esos 14 críticos segundos.
Omega hace ediciones conmemorativas del premio Snoopy. En ellas aparece, dentro de una de las esferas de los segunderos, una imagen de la mascota, dormido, y en uno de sus conocidos bocadillos con sus pensamientos, una frase atribuida al director de la misión Apollo 13, Gene Kranz: “el fallo no es una opción”
En la esfera de esta edición especial también está resaltado un arco de catorce segundos, bajo el que un lema plantea un reto a quien lleva en su muñeca este legendario cronógrafo: “¿Qué podrías hacer en 14 segundos?
El Speedmaster es un reloj tan icónico que la firma Swatch, del mismo grupo empresarial que Omega, ha lanzado una colección de once relojes bajo la denominación MoonSwatch, inspirados en cada uno de los nueve planetas del sistema solar, en la luna y en el sol, a precios mucho más asequibles, en torno a 300 euros, y que reproducen la estética del primer reloj sobre la luna, pero con distintos colores, en función del cuerpo planetario al que está dedicado cada diseño.
El original, el Omega Speedmaster con referencia ST 105.012, era un reloj de acero inoxidable de 42 milímetros de diámetro con cristal de plexiglás acrílico que no se fragmentaba en esquirlas en caso de rotura. Hermético hasta 50 metros de profundidad, con un movimiento Omega 321 de 18.000 alternancias hora que integraba diecisiete pequeños rubíes en su mecanismo y con una reserva de marcha de 44 horas. Estaba equipado con un segundero central, un contador de 30 minutos, un contador de 12 horas y un segundero pequeño continuo, y con una escala taquimétrica concebida para medir velocidades sobre distancias conocidas en circuitos de carreras.  
Una pieza de alta ingeniería que se convirtió en una leyenda del espacio, y que suena así:
Si quieres conocer otras historias de objetos industriales cotidianos que hicieron historia puedes suscribirte, y también sugerirme algunas en los comentarios.
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Jun 16, 2026

10 min

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